CRÓNICAS DO PAZO DE ANZOBRE

EL NOROESTE, domingo 13 de xullo de 1902:

-CRÓNICAS VERANIEGAS-
ANZOBRE


     Naturaleza femenina, llama un ilustre profesor á Galicia con sus valles, sus prados y sus flores. Pero como por aquí hay de todo, masculina y muy masculina es la Galicia que rodea al caserón de Anzobre, metido entre montes salvajes y riscos que no han conocido más huella que la del tojo que los alfombra, y orientado á un valle de oscuras tonalidades y severo colorido á cuyo fin bate noche y día el mar, el terrible mar de esta costa en cuya lista de víctimas hay estos días un número más, ante la línea blanca de la playa de Barrañán, más allá de la cual se ven desfilar como puntitos negros y blancos vapores y barcos de vela.

     La casa está enclavada en el propio riñón de Galicia, en lo más brumoso y abrupto de nuestras montañas, heridas de continuo por el viento furioso que las impregna de aire de mar, como si hasta ellas hubiesen llegado las olas en una tempestad monstruosa, y entre pinos de obscura y quejumbrosa copa y esbelto y afilado tronco, como los de los árboles de Rusiñol.

     Y quizá por eso mismo es más grata la impresión de quien á ella llega, después de llenar sus ojos con la amarga impresión de un país tristísimo, de trágica y doliente belleza, que trae al pensamiento la Bretaña sombría de las narraciones de Barbey d´Aurevilly y produce en el ánimo una sensación deprimente, cuando después de subir y bajar las incesantes y empinadas cuestas del endiablado camino, se vé de repente en medio de los árboles, de las flores, de los maizales y los prados alegres de Anzobre, que se presentan á su vista con toda la atractiva delicia de un oasis plácido y alegre en medio de un árido desierto.

     Allí se alza la hermosa casa, que bien pudiera llamarse palacio, sobre todo hoy que tanto se prodiga el vocablo, á cuyo frente surge en primer término, como avanzada, el edificio de la capilla, en cuya fachada campea sobre la puerta y bajo la cruz el antiguo é historiado escudo de la casa de Gimonde, y a uno de cuyos flancos está adosada la torre, de clásico y sobrio estilo y de marcado carácter y sabor que de ella recibe toda la residencia.

     En esa casa y en esa torre vivió con preferencia aquel hombre inolvidable para cuantos fueron sus amigos, de leal corazón, clarísimo entendimiento y esforzado carácter, cuya influencia potísica entre nosotros fué un tiempo tan grande, cuyo prestigio intelectual tan considerable, que aun hoy, después que han pasado varios años desde su muerte, nadie ha dejado borrarse de la imaginación su nombre.

     Luciana Puga tenía en esa casa todos sus amores. Era el rincón grato y placentero donde escondía sus dichas íntimas, sus alegrías domésticas, empañadas habitualmente por esa fatigosa notoriedad de los hombres políticos; era el refugio seguro y consolador para las heridas ganadas en la áspera y encarnizada lucha; era el sanatorio donde reponía las perdidas fuerzas, dando sosiego al espíritu y oxígeno á la sangre.

     Por eso para cuantos allí le conocimos está Anzobre lleno de sombras y recuerdos que hacen de la hermosa posesión un lugar del pasado aparte del grato lugar que es del presente. Parece como si entre los árboles del parque, ó ante los basudores de la amplísima galería, fuésemos á encontrar de nuevo al maestro y al amigo, con la sagaz sonrisa en los labios, pronto al dicho ingenioso y salado, á la reflexión discretísima, al arranque generoso y gallardo; como si fuesen á parar por allí aquella santa que fué su esposa, cuyas coronas mortuorias llenan la capilla; y aquel ángel de gracia, de inteligencia y de dulzura, flor suprema de aquella naturaleza pura y hermosa, que vivió entre aquellos riscos y que entre ellos pasó su luna de miel, fugaz como un sueño, para ir demasiado pronto á recobrar su puesto en el cielo: la María Puga que tanto quisieron cuantos la conocieron y que dejó en la tierra una estela de luz y de belleza.

Debuxo do pazo de Anzobre, El Noroeste, 13 de xullo de 1902.
     Eso recordamos con triste memoria al pensar en aquella familia disuelta rápidamente, como herida por el rayo, y reducida hoy al propietario actual de la posesión, á nuestro querido compañero y amigo Manolo Puga, que en ella conserva vivo el culto al castellano del pasado, mientras educa y prepara para la vida al castellano del porvenir, un rapaz de ojos negros, listo y avispado, que juega al lado de las faldas de su buenísima y simpática madre, la señora de la casa.

     Y entre árboles y flores, en pleno monte, viven nuestro amigo y los suyos, al abrir sobre aquellos campos las ventanas de las amplias estancias. Y no sólo  entre árboles y flores, sino entre objetos de arte muy vanosos y preciados, que decoran los salones de la antigua vivienda y hacen de la torre, especialmente, un museo escogidísimo de arte refinado.

     Los cuadros hermosísimos, los mosaicos admirables, los tallados arcones, los bargueños de finísima labor, las altas sillas de auténtico cuero de Córdoba donde sobre fondo rojo campean de relieve los más caprichosos dibujos, la labrada cama, todo en fin cuanto forma el decorado de aquella espaciosa estancia, es un conjunto ordenado y armónico de verdaderas obras de arte.

     Por eso se hermanan en Anzobre lo pasado y lo presente en perfecta unidad; y así como el efecto y la consideración á los vivos nos lleva de la mano á venerar la memoria de los muertos queridos, así también la admiración de aquel mundo misterioso y expresivo del arte antiguo, allí tan bien representado, nos hace apreciar después doblemente la eterna, la invariable y siempre joven hermosura de la naturaleza, que en todo el apogeo de su salvaje poderío circunda la casa, y aspirar ávida y codiciosamente el aire vivo y puro de las austeras montañas vecinas, entre cuyas pardas laderas parecen resonar los ecos de aquellas melodías típicas y primitivas que cantaba tan adorablemente la dulce María Puga.




EL NOROESTE, mércores 5 de novembro de 1902:

-ROMERÍAS GALLEGAS-
LA VIRGEN DE LOS REMEDIOS EN ANZOBRE

     Va tocando á su término la serie de las romerías que durante el verano y el otoño, cuando está transitable el país, alegran el hermoso y melancólico campo gallego con el estampido de los cohetes, el repique de las campanas y los estridentes sonidos del cornetín y del clarinete; porque los cantos que son obligados en nuestra tierra cuando hay fiesta y cuando no la hay, no son alegres; tienen un sello de profunda melancolía; lo más que hay en ellos es sátira aguda propia del carácter gallego, pero nunca alegría franca y loca como la de los países en que el sol abrasa.

     Una de las fiestas más famosas de estos contornos es la romería de los Remedios que se celebra en la capilla de la casa de Anzobre, por fundación, Dios sabe de quien, porque es antiquísima y tradicional. En este día, aquella casa y aquella capilla que durante todo el año son de la familia Puga, se convierten en bienes de uso público; y aquella lindísima iglesia, mejor que muchas parroquiales, y aquel parque, que es grande y amplio como el paseo de cualquier capital, se ven inválidos por una enorme multitud mezcla de devota y profana, que va de romería como se va á Pastoriza, á la Barca ó á San Andrés de Teixido: este á cumplir un voto, aquel á llevar una vela ó una mano de cera, el otro simplemente a divertirse y echar una cana al aire, que de todo hay en la viña del Señor y entre salve y credo se puede muy bien trasegar al interior un par de vasos del nuevo del Rivero ó una copa de anís escarchado.

Imaxe antiga da capela do pazo de Anzobre
     Este año la fiesta revistió una solemnidad grande. Estaba en Anzobre el propietario, nuestro Manolo Puga, y el tiempo, el clero,  y los devotos parece que se pusieron de acuerdo para que la fiesta resultase espléndida y vistosa.

     Concurrió una muchedumbre imponente: peregrinos con hábito, devotas que recorren dos kilómetros andando sobre las rodillas; mozos de aguillada en mano y revólver al cinto, carros cargados con pellejos de vino, labradores acomodados montando briosas yeguas, mendigos profesionales luciendos sus lacras más o menos legítimas, chiquillos vestidos con todos los trajes imaginados, por la forma y color; músicos, cantores, vendedores, panaderos de Vilaboa...todo lo necesario, en fin, para constituir la clásica romería regional con lujo de conjunto por el número y de detalles por la calidad.

     Durante toda la mañana se dicen misas por los sacerdotes, conforme van concurriendo.

     Aunque la capilla es amplia no basta para contener á la multitud ansiosa de oírlas, y todo el parque se convierte en templo. Es uno de los espectáculos más originales y grandiosos de la fiesta, el momento de alzar en una de estas misas: millares de personas hincadas de rodillas en un enorme campo de castaños, con actitud mística y con las manos en cruz, ofrecen un conjunto de belleza, de unción y de algo que no se vé jamás en las poblaciones; de una fe primitiva y de una sencillez encantadora. 

     Después, la función solemne. Este año la flauta y el acordeón cedieron el puesto á un piano casi afinado que acompañó los cantos del numeroso clero que ocupaba el coro, entonando la clásica música de canto llano adornado al estilo del país.

     A la misa cantada sucede la procesión, sencilla pero grandiosa en medio de su rusticidad. El pendón y el estandarte rompen la marcha y sigue la preciosa imagen, llevada en hombros por muchos mozos que se disputan el honor de conducirla sucesivamente, sin perjuicio de romperse después del bautismo, apesar de su religiosa unción, por una sonrisa de Carmela del Coto ó de Marica del Castro.

     Y después...lo de siempre; muiñeira, jota (en el país le llaman maneio) y tal ó cual conato de habanera ó polka, que con la chaqueta de astrakán y el pantalón largo van reemplazando al contrapaso y la montera, cosas clásicas de aquellos campos.

     Las gentes que cantan misa, usan camisa planchada ó llevan Mauser, van a xantar al interior de la casa.

     Y como dicen los romances de ciego "aquí la pluma se para". ¿Que vamos á decir de una comida en casa de Picadillo?

     Como fin de fiesta, fuegos y globos, unos cuantos tiros al aire para demostrar que en Bergantiños hay valor acreditado, y hasta el año que viene, si Dios quiere.


X.




EL NOROESTE, domingo 31 de xullo de 1904:

-CRONIQUILLA-
CONSEJO Á LOS CAZADORES

     Hoy se levanta oficialmente la veda, no con todas sus consecuencias, sino tan sólo para conceder derecho de corso contra las codornices, esos inocentes paspallás nacidos para formar y sostener una familia en medio de los rastrojos y que por desventuras de la suerte vienen á morir víctimas de la infame perdigonada, ó terminan sus días en la jaula de barrotes, haciendo las delicias de sus aprehensores que gozan lo indecible oyendo los cinco ó seis golpes que lanza con su desagradable voz, que más que de pájaro parece de rana.

     Si todos fuésemos del mismo modo de pensar en este tiempo, y pese á todos los levantamientos de veda, nadie cultivaría el arte cinegético, ese higiénico "si también" desagradable ejercicio.

     Andar leguas y leguas, soportar un sol que derrite los pelos, y no diremos los sesos porque no abundan, saltar vallados y destrozar el cuerpo, es precio demasiado caro para alcanzar la posesión de uno de esos volátiles que, á última hora, valen bien poco, pues tienen menos carne que una gallina.

     En invierno se explica la afición, porque es grato moverse y agitarse cuando hace frío, pero en la canícula no se concibe más medio de cazar que el empleado por Picadillo.

Manuel Puga, Picadillo
     ¿Pero, caza Picadillo? preguntarán admirados los que conozcan al gran maestro de la cocina.

     Caza, si señor, pero por un procedimiento muy reposado y muy nuevo: la caza con anteojo.

     Los domingos por la tarde las gentes del campo de anzobre, donde tiene sus tierras el buen amigo, salen de caza provistas de escopetas de pistón, de esas que tienen el cañón atado con cordel, y de lujosos lebreles, cuyos huesos no se van cada uno por su lado gracias al pellejo.

     El cazador que nos ocupa, armado de un formidable anteojo, se instala en la hermosa galería de su casa, y en cuanto oye un tiro, apunta hacia la humareda con el telescopio y reconoce al cazador, que siempre es algún vecino de las cercanías.

     Una vez conocido el paisano ya sobra el anteojo, y nuestro hombre hace trasladar su sillón para el crucero, punto de paso obligado para el sportman cinegético.
-Hola Generoso ¿e logo?
-A las buenas tardes señorito don Manuel.
-¿Mataches moito?
-Tirei con dúas perdices.
-Vaya hombre, vaya; moito lle gustan á señorita.

     Continúa el diálogo a este tenor, é invariablemente concluye con las frases de rúbrica.
-A la obedencia, señorito; voullas deixar na cociña.

     Leve resistencia al obsequio, tentativa de pago, nunca aceptado, y un hermoso  par de perdices en la cocina.

     Y es la única  manera práctica de cazar sin fatigarse.


X.



CORUÑA MODERNA: REVISTA SEMANAL,  14 de outubro de 1906.

-CRONICA DE SOCIEDAD-
UNA PÉRDIDA SENSIBLE

     Nuestro querido colaborador Manolo Puga (Picadillo) pasa en estos momentos por un trance amarguísimo. Al autor de la Cocina Práctica le ha desaparecido, súbitamente, de su pazo de Anzobre, un hermoso loro en el que tenía puesto el más sólido y firme de sus amores. El ilustre Picadillo sospecha, con gravísimos fundamentos, que, á estas horas, el loro habrá sido víctima de la ferocidad de algún buitre ó de las asechanzas de algún zorro.

     Nosotros, que sabemos por experiencia lo angustioso de una pérdida semejante, pues ha poco hemos tenido el dolor de ver exhalar su último aliento á un papagayo al que queríamos entrañablemente, no encontramos palabras que sean capaces de mitigar la pena hondísima que ahora conturba el ánimo de nuestro amigo.

     Y así, nos limitamos a aconsejarle que reciba con resignación este golpe que el Destino le ha deparado y que busque en la Religión un bálsamo que cicatrice la herida abierta en su pecho por el fin prematuro y trágico del leal compañero que hacía gratas y amables sus horas campesinas.

     ¿¡¡Descanse en paz el desventurado loro!!
     


EL NOROESTE, sábado 3 de novembro de 1906:

-UN DÍA DE FIESTA-
EN EL PAZO DE ANZOBRE

Antes


     Al comenzar este artículo, un hombre trascendental é importante que está cerca de mí, aclara, con su ingenio nunca desmentido, algunas dudas de mi alma. Yo he de nombrar varias veces á Manolo Puga, y no sé si hacerlo por su nombre ó por el seudónimo que, en este dulce periódico coruñés, ha hecho célebre. El amigo antes mencionado me advierte una cosa: el cocinero de este suave periódico es Picadillo, el castellano de Anzobre es Manolo Puga. ¿Yo voy hablar del cocinero ó del castellano? Del castellano, indudablemente.

     Deslindados ya los campos de tan satisfactoria manera, quiero con la ayuda de Dios, relataros mi día en Anzobre. Desperté temprano, porque yo tenía la misión difícil de hacer que Equis abandonase su lecho. Salido de las prefundas regiones del sueño, Equis me miró rencoroso é indignado. Luego, ya en la realidad, tuvo para mí un mudo y amplio perdón. Más tarde llegaba un joven amigo, y á poco otro amigo, joven y esquelético; tan flaco este último, tan terriblemente flaco, que, visto sobre una colina, puede parecer, sin grandes esfuerzos, la aguja de una torre. 

Camino de Anzobre

     Los tres y yo, alquilábamos luego un coche y partíamos, valientemente, hacia Anzobre. Llovía. El coche caminaba con desesperade lentitud. El paisaje, bajo la llovizna pertinaz, adquiría una nota de suave tristeza. Detrás de nosotros iban quedando casuchas aisladas, aldeas de vecindario escaso, hórreos...Un alto en un pueblo para tomar una copa, muchas gentes bien ataviadas que van hacia Anzobre, algunos diálogos interesantes y amenos entre estas gentes y nosotros. He aquí cuanto nos acontece hasta llegar á una carretera, menos ancha que la por donde hasta entonces se había arrastrado nuestro carruaje, y ver á lo lejos, sobre un fondo verde y á través de los dardos de cristal de la lluvia, solemne en su reposo opulento, la hidalga casa de Anzobre, con sus cristales múltiples.

     Los del coche vamos cantando dulces cántigas del país. Los grupos de aldeanos son, a cada momento, más numerosos. La fiesta de los Remedios tiene fama, y á ella acuden las gentes, en romería, desde muy lejos. Casi todos llevan alguna ofrenda para la Virgen milagrosa.

La llegada

     Anzobre ofrece un cierto aspecto de feria, por las muchas caballerías que casi obstruyen los caminos, rumiando en los valladares la hierba fresca y mojada. Mis amigos y yo descendemos, y á poco estamos en el parque, soberbio, donde la muchedumbre es verdaderamente enorme. Hay muchos puestos de vino y comidas, y hay alguna vendedora capaz de destruir por completo todas las penas que "uno" pueda llevar consigo. Cuesta trabajo abrirse camino entre la multitud. Está cantándose la misa, y los fieles llenan la capilla y gran parte del campo. Sobre millares de cabezas descubiertas, y sobre paraguas enormes, cae la lluvia mansa.

     Delante de nosotros hay unas escaleras, cada una de las cuales forma un semicírculo, y al fondo una pared encristalada. Manolo Puga viene á recibirnos. Nos abraza á todos. Yo correspondo deficientemente á esta amabilidad; sólo puedo abrazar un reducido pedazo de mi gran amigo. Desde entonces, como llueve de un modo aterrador, distraemos el tiempo en ver la casa, que me parece admirable. Manolo Puga ha sabido rodearse de las comodidades todas. Hay allí anchas y lujosísimas habitaciones, de estilo moderno algunas, y otras amuebladas con costosos muebles de épocas que pasaron; hay una sala de juego donde no faltan la mesa del tresillo ni la de billar, galerías espaciosas desde las cuales se contempla un panorama verdaderamente admirable, con el disperso caserío de las aldeas, la cinta ondulada, entre plátanos, de la carretera y el mar á lo lejos, cuya voz llega hasta nosotros en un murmullo suave.

La comida 

     Manolo Puga vive, seguramente, en Anzobre, como un castellano de días mejores. Todo cuanto le rodea parece existir sólo para la mayor felicidad de mi inmenso amigo. Pero, en estos momentos, nosotros no somos felices: la misa se prolonga demasiado, y nuestros estómagos sienten, los miserables, unos desfallecimientos indignos. Para hacer tiempo yo salgo de la casa. Me acompaña el hijo mayor de Manolo, un D. Luciano de siete años, sumamente atento. Con este nuevo amigo entro en la capilla. Muchas mujeres se arrastran, arrodilladas, por el suelo, hasta el altar, donde un hombre "les pone el santo". Quiero que me lo pongan á mí también, y el hombre entonces me va colocando el santo, un pequeño santo de madera, sobre la frente, sobre los hombros, y -triste es decirlo- sobre la boca. Doy diez céntimos y salgo.
     Es ya hora de comer. Alrededor de la mesasiéntanse muchos curas y algunos hombres importantes de la comarca. De pronto veo, ante mí, un plato enorme de fideos sin caldo alguno. Es la sopa. Y si la sopa es ésta, ya podéis imaginaros el cocido y el resto de la comida. Equis echapan á los fideos y repite. Yo le miro y me asombro. Las conversaciones, en torno a la mesa, son animadas e incesantes. Después de los postres alguien nos regocija relatando, como un ciego del país y delante de un cartel espeluznante, cierta espeluznante historia de esas que tanto gustan bajo los castaños, en todas las ferias y romerías de Galicia.

El regreso

     Sigue una sesión de fonógrafo y otra de linterna mágica. Los presbíteros están asombrados. Fuera, la gente baila debajo de los paraguas. Una banda deja oir lo más escogido de su repertorio. Los cinco profesores que la constituyen parecen infatigables.

     Y ya muy de noche nos disponemos a regresar. La fiesta ha sido gratísima. Manolo Puga ejerce la hospitalidad como uno de esos hidalgos  de nuestra leyenda caballeresca. Lo único que con nosotros estuvo desatento fué el día. En nuestro coche ha de ir, hasta Arteijo, el médico de esta villa. Caminamos silenciosos, dulcemente mecidos por el coche, que salta en todos los baches y encuentra todas las piedras. Ya en Arteijo, una voz manda parar; pero cuando el carruaje se ha detenido, la misma voz, la voz del médico, dice que su casa está todavía un poco más adelante. Y no bien las mulas arrancan otra vez, he aquí que hemos llegado. Yo miro al médico con estupor.

     Rodamos ya hacia la Coruña. Llueve.

EL HIDALGO DE TOR



EL NOROESTE, sábado 3 de novembro de 1906:

-LA ROMERÍA DE LOS REMEDIOS-
UNA FIESTA Y UNA EXPLOSIÓN

     El domingo último se celebró en la capilla del Pazo de Anzobre, propiedad de nuestro querido amigo D. Manuel M.ª Puga, la popular y tradicional romería de la Virgen de los Remedios, una de las más afamadas y concurridas de la provincia. El tiempo, verdaderamente excepcional, dió este año á la fiesta una animación extraordinaria y fueron muchas las personas de la comarca y de la Coruña que se trasladaron á la hermosa casa de Anzobre para disfrutar de la espléndida hospitalidad de los señores de Puga.

     Hubo un incidente que pudo convertir en día de duelo el que lo es de fiesta para la región de Bergantiños.

     En la noche del sábado, víspera de la romería, hicieron explosión en la tribuna de la capilla los fuegos de artificio que habían de ser quemados al día siguiente. La explosión fué formidable y produjo desperfectos de consideración en la capilla, destrozando la tribuna y volando gran parte de la techumbre. Para juzgar de la intensidad del estampido baste decir que apagó todas las luces de la casa, alumbrada con acetileno.

     Por fortuna los Sres. de Puga y sus familiares y huéspedes no sufrieron más que la conmoción consiguiente, y lo que pudo ser una catástrofe quedó reducido á un susto considerable y á unos desperfectos de orden material. La imagen de la Virgen de los Remedios no sufrió el menor deterioro con la explosión, lo cual produjo verdadero entusiasmo entre los infinitos devotos que tiene el país.

EL NOROESTE, venres 1 de xaneiro de 1909:

-NECROLOGÍA-

     Cuando este número está preparado para entrar en máquina, un paisano que llega de Anzobre á caballo nos sorprende con una desagradable noticia que nos llena de dolor. Lucianito Puga, un niño angelical, todo bondad, inteligente, cariñoso, afable, simpático, á quien todos adoraban, dejó de existir á las diez y media de la noche de ayer según nos comunica en carta nuestro compañero Alfredo Tella, que desde que una traidora enfermedad se cebó con el pobre niño no se apartó de su lado.

     Con resignación verdaderamente asombrosa dados sus pocos años, sufrió el infortunado Lucianito la dolencia que le llevó al sepulcro y los esfuerzos hechos por sus amantes padres, poniendo á contribución todos los recursos de la ciencia, no bastaron para arrebatarlo á la muerte.

     El desconsuelo en el señorial pazo de Anzobre debe ser espantoso. Nuestro queridísimo amigo Manolo Puga y su buena y distinguida esposa, que cifraban en esa encantadora criatura todas sus esperanzas, sus ilusiones todas, han sufrido un golpe rudísimo con esta terrible desgracia.

     Que nosotros, que tanto les queremos, la sentimos tan hondamente como ellos, y que la Coruña entera, que se interesaba vivamente por la salud del enfermito, toma parte principalísima en el duelo que les aflige, parécenos que no es necesario decirlo, sabiendo cuantas son las simpatías que nuestro entrañable compañero y su apreciable esposa tienen en el pueblo.

     Pidamos para ellos resignación y consuelo.




EL NOROESTE, venres 4 de novembro de 1910:

-ROMERÍAS GALLEGAS-
LA VIRGEN DE LOS REMEDIOS 


     El día de Santos, primero del mes actual, se verificó en el Pazo de Anzobre, propiedad de nuestro querido amigo y compañero D. Manuel María Puga, la tradicional fiesta y romería de Nuestra Señora de los Remedios, una de las más típicas de la región bergantiñana.

     La hermosa capilla de Anzobre está adscrita á la milagrosa advocación de la Virgen, y la espléndida alameda que da entrada á la posesión, se abre todos los años el día 1º de Noviembre para ser lo que fué en tiempos antiguos, el campo de San Ramón, como aún se le llama en la actualidad.

     Y allí acuden romeros de toda la comarca, con hábitos, cirios, exvotos y ofrendas. Es una fiesta muy semejante, por su importancia, á la de Pastoriza. Desde el alba hasta mediodía se dicen constantemente misas en los altares de la histórica iglesia, y todo el clero de Arteijo, Laracha y Carballo, acude para contribuir con sus preces y su presencia al mayor esplendor de la solemnidad.

     El parque de Anzobre es en tal día un lugar animadísimo donde hay rosquilleras, panaderos, vendedores ambulantes, ciegos de feria, copleros, adivinadores del pensamiento por el pajarito sabio y ruleteros de menor cuantía; de todo hay en aquella pintoresca baraunda, cuyo momento culminante es la procesión que recorre el campo, entre el estampido de los cohetes y las letanías de los devotos. Va la imagen conducida por los más gallardos mozos de Armentón, que se disputan este honor, y debajo de las andas se colocan los niños encanijados para hallar remedio á sus males.

     Desde hace algunos años esta fiesta aumenta constantemente en animación y popularidad, y en el actual es poco cuanto se diga de su esplendidez.

     Un día hermoso contribuyó al lucimiento de la romería, que fué una de las más brillantes que se recuerdan desde hace mucho tiempo.

     El dueño de la casa Sr. Puga hizo, como siempre, los honores con la mayor delicadeza, sentando á su mesa al distinguido clero de la comarca, á las autoridades locales y á las personas más significadas del distrito, que acudieron á saludarle en día tan señalado, dándole una prieba más de lo mucho que allí se le estima y respeta.

     Después, por la tarde, hubo cantos y bailes amenizados por las gaitas y murgas del país, globos y cohetes de lucería, sin que el menor desorden viniese a turbar una fiesta tan tradicional y tan simpática, de la cual guardarán recuerdo perdurable todos los concurrentes.



EL ECO DE GALICIA: DIARIO CATÓLICO E INDEPENDIENTE, 13 de xullo de 1913:

Desde Anzobre.

Mi estancia en el Pazo.

     Hace ya un mes, que á consecuencia de mi quebrantada salud, véome obligado al abandono completo de mis tareas periodísticas y desde hace unos días, estoy disfrutando del más absoluto reposo en este pintoresco lugar de Anzobre.

   Sírveme de alojamiento la señorial mansión del simpático Manolo Puga, tan conocido en el mundo culinario por Picadillo y á cuya amabilidad debo el disfrutar en esta aldea los aires puros, que tanto necesito para restablecerme.

   No obstante haber intentado varias veces dedicar algunas líneas para El Eco, no me fué posible el realizarlo, pues la falta de ánimo, venció por completo á mi buena voluntad.

     Hoy, ya más tranquilo, y restablecidas un tanto mis fuerzas, aprovecho unos momentos para trazar estas mal pergeñadas líneas, y contar algo á los amables lectores de este diario, relativo á mi estancia en este Pazo.

    Comienzo mi tarea á la caída de la tarde y en una glorieta artística, que cubren olorosas madreselvas y lindas rosas de te, constituyo mi gabinete-escritorio.

     Sentadas cerca de mí, se encuentran se encuentran dos hermosas niñas, Marujita y Carmeliña Puga, que silenciosas se entretienen: la primera, en hacer un ramo de flores y la otra, en desgranar mazorcas de maíz.

     Mientra escribo, corretean por el frondoso parque de castaños, sito á la entrada principal del Pazo, los pequeñuelos Manolito, Rafael, María Jacoba y José María, hermanos de las dos niñas, que en estos momentos me hacen compañía.

     Ante mi vista aparece un pintoresco paisaje, sin duda alguna, el más hermoso de estas comarcas bergantiñanas.

     Allá en lontananza, vése la playa de Barrañán; más acá y á mi derecha, destácase el extenso pinar que rodea á Armentón, de cuya iglesia se percibe su alta espadaña; a otro lado se divisan las altas crestas de Santomé de Monteagudo y el río, que bordeando las faldas cruza serpenteando los lugares de la Ibia, los Barreiros y la Perillona. En estos deliciosos parajes, exuberantes de verdor y frondosidad, se dedican á apacentar el ganado mozas garridas y traviesos rapazuelos.

     En las tierras destinadas á sembrado de maíz vénse distribuídos por grupos muchos labradores, que bajo un sol abrasador, han pasado el resto del día dedicados á la dura faena de sachar.

     Al contemplar tanta belleza, mi alma se eleva hacia el Creador y se extasia en dulce arrobamiento.

     Mi estado contemplativo lo interrumpe Marujita, que con dulce vocecilla me anuncia haber terminado de confeccionar el ramo de flores, que despues ha de servir de amorosa ofrenda á la imagen de María, venerada en este Pazo, bajo la advocación de los Remedios.

     El manojito, constitúyenlo hermosas y variadas flores, pero entre ellas no existe la predilecta mía. Por mucho que miro y remiro el ramo, no logro hallarla.

     Marujita, con esa avidéz de saberlo todo, cosa muy natural en las niñas, me pregunta cariñosa que busco entre las flores. Nada, le contesto. Eso no es cierto, me replica, y sentiría no te gustase el ramo, porque para hacerlo reuní las mejores flores que ví en el jardín. Cogiendo el ramo me enseña rosas de té, pensamientos, geráneos y campanillas, así como también la olorosa guardarropa que para adornarlo le colocó alrededor. Creo, me replica, no pude confeccionarlo mejor y más bonito. Sí, le contesté sonriente, me gusta mucho, pero le falta una flor.

     ¿Qué flor es esa? Dímelo y no seas malo, porque te la quiero buscar, añadió mi angelical amiguita.

     Pues á ver si logras adivinarla, le contesté.

     Marujita, después de pensar durante breves instantes, salta alegre de su asiento y echando sus manecitas á una planta trepadora de la glorieta, toncha una flor y vuelve gozosa á entregármela.

    Al tenerla en mis manos, una tristeza invade mi alma, ante el recuerdo de penas y sufrimientos pasados, pues la flor símbolo del dolor que vino á mí, es la pasionaria.

     La niña, al verme triste y pensativo, alejóse de mi lado y sin proferir palabra alguna, cogió de la mano a Carmeliña y fuese en dirección al Pazo.

     Pasados unos minutos oigo unas vocecitas alegres que entonan infantiles canciones.

     Miro hacia el parque, y observo que son las dos niñas, cuyos pasos dirigen de nuevo á la glorieta.

     Tan pronto llegaron junto de mí, trocóse mi tristeza en grata alegría, al ver que sus manecitas levantadas me enseñaban dos hermosos ejemplares de mi flor que buscaba, ¡el clavel!

     Inmenso fué el júbilo que recibí.

     Marujita, contenta en extremo, arroja la pasionaria al suelo y coloca en el ramo un precioso reventón, rojo como el fuego,  y Carmen pone otro, blanquísimo, cual copo de nieve.

     Acto seguido, alegres, muy alegres, abandonamos la glorieta en dirección al Pazo, donde depositamos nuestra ofrenda de amor á las plantas de la preciosa efigie de la Reina del Cielo.

     Poco después, la noche comenzaba á tender su velo, y retornaban los labradores á sus viviendas para dedicarse al descanso, mientras en el Pazo, todos reunidos en torno del gran Picadillo y de su amable señora, escuchábamos con dilectación á Carusso, Tita, la Barrientos y otros eminentes cantores, cuyas primorosas voces nos reproducían los discos del gramófono.

J. Blanco.

Pazo de Anzobre 11-7-913
 



VIDA GALLEGA: ILUSTRACIÓN REGIONAL (ANO X, VOLUMEN VI, NÚMERO 113), 15 de setembro de 1918:


Los eidos de Anzobre. Por el camino abrupto

     El sol implacable del mediodía cae á plomo sobre la carretera, ese camino hosco, polvoriento y sin la sombra de un árbol, que se pierde en las montañas de la costa, hácia Carballo. Los caballos arrastran el coche cansinamente, agobiados por el sopor de la hora, y de cuando en cuando un perro ladrador salta enfurecido junto á las ruedas.

     Germán Taibo, el pintor coruñés educado en los estudios de Roma y París y vuelto á la tierra natal después de largos años de ausencia, mira en silencio á los lados de la carretera, un poco sorprendido de la abrupta rudeza del paisaje tan opuesta á la apacible belleza de esos otros caminos que arrancan de la ciudad y serpean entre las frondas de Oleiros, el Burgo, Cambre, Abegondo ó los fértiles valles de Culleredo y de Barcia. Todo es duro y recio, por esta parte. La clara luz de los días de Julio no hace sino poner de relieve cada detalle del paisaje que tiene toda su fiera expresión entre las brumas invernales, cuando el fragor del oleaje cabalga en las alas del huracán.

     Unicamente, á la manera de un óasis, surge la breve y pintoresca lozanía de Pastoriza, con su santuario secular y su montaña que la imagen de piedra hace litúrgica, y más lejos la iniciación de los campos bergantiñanos, en el fondo de los cuales se abre á veces la oscura cadena de montañas para mostrar la maravilla azul coronada de espuma de la legendaria costa de la muerte.

     Frente á nosotros madame Taibo, recogida y sonriente, acaricia los cabellos de su hijita.  

Nido de águilas

     Al salir de Arteijo y remontada una larga cuesta, desde lo alto de una colina se ven ya los eidos de Anzobre. El pazo, sobre una loma, en el centro del valle, es un nido de águilas escondido entre la fronda intrincada de los castaños y los pinos.
 
Imaxe antiga do pazo de Anzobre
     Mientras el carricoche corre ahora por la hondonada á la sombra de los carballos, nos parece que muy pronto, á un lado y otro del camino, van á saludarnos los ganfaloneros del señor. Bien pudieran hallarse apoyados en el férreo mandoble, calado el yelmo, noble el ademán, los caballerescos hidalgos de la tradición evocados por Viceto: Sancho de Remesar, el fiero; Rodrigo de Canaval, el rebelde; el apuesto y donjuanesco de Tor; Amaro de Vilamelle, el amoroso; Alfonso de Doade, el romántico...La leyenda toda, y para armonía suya, en el ledo suspirar de la brisa que comba la cabellera dorada de los trigos, una estrofa, la más dulce, del triste poeta de Herbón.

      Al final de la Avenida, al pie de la gradería del pazo, los señores de Anzobre esperan a sus invitados, y entonces, al saltar del coche, toda la magnificencia del paisaje se muestra á los ojos curiosos y admirados que la ven por primera vez.

     Desde la encristalada galería que parece prendida en el aire sobre los limoneros del jardín, aparece el valle tendido como un tapiz hasta el mar. Y los hórreos son -según frase del señor- como nidos ocultos entre los brezos.

     Todo es bellamente paradójico en la noble casona: la sonrisa afable de los dueños junto á la fiereza hidalga del paraje; los escudos heráldicos tallados en la piedra, y al lado las cómodas y modernas galerías de cristales; los muebles antiguos y las lacas maravillosas en torno á la mesa de billar; los cuadros firmados con nombre ya célebres, junto al arbitrario y caprichoso decorado con que algún visitante, más irónico que artista, quiso dejar el recuerdo de su permanencia en el pazo.

     En este ambiente adquiere vida real la novela del prócer. Aquí jugaban al tresillo el señor y los abades de Lañas y Armentón; allá, detrás de quel soto, vive Mingos de Abeleira; por aquel portillo entraba en el pazo la recia figura de Loureiro; en este pasadizo surgía en las noches estrelladas la traza misteriosa y amedrantadora de Cambón.

     El olor de los limoneros entra por las ventanas e invade la casa.

La obra más bella

     Al entrar en el comedor, sentimos una emoción casi religiosa. Don Manuel María Puga y Parga, el castellano de Anzobre, opulento y magnífico, ha cedido el puesto al maestro Picadillo, el hombre de la profunda sabiduría gastronómica. Nosotros somos gente modesta; hemos comido alguna vez en un hotel de fama; alguna otra nos sentamos á la mesa de un prócer, del personaje político, del artista o del literato á quien sus amigos expresaban su admiración comiendo bien; pero siempre tuvimos una idea como de un sueño de las comidas imaginadas por Brillat Savarin y sus émulos. Nos sentimos turbados ante la mesa del autor de "La Cocina Práctica" y á medida que van desfilando los platos, crece nuestra admiración para este hombre que en forma tal conoce todos los secretos del sibaritismo. No hay en nosotros una sola fibra que no vibre en una sinfonía de todos los sabores agradables.

     Unicamento Gonzalo Abello, el discípulo predilecto del anfitrión, no se sorprende de nada, porque para él -¡oh favorecidos por los dioses!- este fausto gastronómico es habitual. Con la misma delectación traza una punzante caricatura que prepara una crema helada.

     Y comiendo así, de esta manera escogida y delicada, parece complementaria la conversación sobre las cosas superiores. La emoción nacida de un cuadro de Taibo, por ejemplo, ganaría en intensidad cerca del pavo dorado que nos sirven, decorado por el rutilar del vino de Málaga que da á las copas apariencias de gemas enormes. Hablamos, pues, de los cuadros del artista, de sus luchas, de sus éxitos, de su labor futura. Pero la más bella obra de Taibo no está en su estudio de París ni figuró en la exposición tan alabada por los inteligentes cortesanos.

     La obra más perfecta, la más bella, está frente á nosotros. Se llama Raymonde, tiene seis años, el cabello rubio y los ojos serenos y dulces del color de los lagos bajo los sauces. La niña es semejante á una muñeca extraordinaria con ademanes de persona mayor de una encantadora precocidad. Se ha puesto una dalia en el hombro y aunque apenas entiende nuestro francés de bachiller aprovechado, sonríe amablemente perdonando la torpeza y agradeciendo el esfuerzo de quien intenta hacerse comprender. Y al fin, toda la admiración de los comensales es para la pequeña gallega nacida en París, á quien los alemanes tuvieron unos días prisionera en las orillas del Marne.

Gran señor

     Henos ya de nuevo en el coche, en el retorno hácia la urbe. La tarde se adormece en la selva y sobre la montaña se asoma la luna para bañar en su luz á las ninfas del bosque que los faunos persiguen embriagados por el perfume de las zarzas en flor.
Imaxe de Manuel Barbeito Herrera, o autor deste artigo

     Sentimos, gran señor, que el espíritu quedóse prendido en la red sutil que las hadas benéficas tendieron de árbol á árbol en torno al pazo montañés. Debiéramos renunciar á todo bien, seguros de no hallar otro mayor, y permanecer ya siempre aquí, entre las montañas empenachadas por el verdor de los pinos, sumidos y ocultos en la maravilla de la umbría.

     Porque prendió en nuestro corazón la mansedumbre de los sanos de pensamiento. Porque aquí no puede llegar la falsa alegría de la ciudad, con sus ansias, sus pasiones y su hálito mefítico. Porque á la luz de la luna nos habló el hada madrina de nuestra infancia. Porque aquí, noble hidalgo, no hay periódicos, ni luz eléctrica, ni cuellos endurecidos por el almidón, ni automóviles estrepitosos, ni trenes horripilantes y febriles.

     A esta hora, el abad de Lañas y el abad de Armentón dejarían el breviario para dedicarse al placer del tresillo y acaso Pepa, la perra inquieta y minúscula que vigila los salones del pazo, ladraría á la sombra de Cambón, parado y espectante junto á la cancela.

M. BARBEITO Y HERRERA.

La Coruña, Agosto 918.



A VISITA AO PAZO DE ANZOBRE DO PINTOR GERMÁN TAIBO  E A SÚA MUSA SIMONE NAFLEUX

  Levaba camiño de ser un pintor excepcional. E foino porque despuntaría cunha precocidade inaudita. Mais a súa morte, acaecida con tan só 30 anos, frustraría unha das carreiras máis prometedoras da plástica galega. Estamos a falar de Germán Taibo González (A Coruña, 1889-París, 1919), un artista que lamentablemente non tería tempo de desenvolver o seu talento mais con todo, nos poucos anos que viviu, tería ocasión de deixar un espléndido legado pictórico, parte do cal podémolo contemplar na actualidade en María Pita, na colección de arte do Concello coruñés, que posúe sete cadros de Taibo, adquiridos un ano despois da súa morte, e no Museo de Belas Artes, que alberga cinco, de distinta procedencia, coleccións nas que son memorables os sensuais espidos femininos, pintados en París e para os que pousou a súa muller, a francesa Simone Nafleux, a súa modelo predilecta.

Autorretrato de Germán Taibo, 1906.

      Taibo pasaría os primeiros anos da súa infancia na Coruña, cidade na que coincidiría con outro neno pintor: Pablo Picasso. Pouco tardaría o noso protagonista en amosar o seu talento para a pintura pois, con dez anos de idade, cando xa deixara a urbe herculina para irse a Arxentina coa súa familia, realizaría un retrato dos seus pais, un carpintero e unha ama de casa que antes de facer a maleta da emigración tiñan o seu domicilio en Santa Catalina.

     Germán encontraría en Bos Aires unha mecenas de orixe francesa que, vendo as habilidades do cativo, decidiría costearlle a súa viaxe e estadía en París e tamén, os seus estudos na considerada como unha das mellores academias do mundo, a Julién, cando o pintor aínda con cumprira os 16 anos. Na capital francesa, onde volvería a coincidir con Picasso, o artista galego percorrería os museos deixándose seducir polo impresionismo que pronto dominaría a súa pintura.

      O seu autorretrato, datado en 1906, e propiedade do Concello da Coruña, mostra xa unhas raras cualidades nun mozo de 17 anos: "Un lenzo revelador dunha destreza no debuxo, dunha sabia entonación das gamas e dunha profundidade psicolóxica que sitúan xa ao adolescente pintor coruñés na vangarda dos artistas galegos", escribiría a crítica.

Autorretrato con bombín

     De acordo co xornalista e crítico de arte herculino Alejandro Barreiro, Taibo permanecería na academia Julién seis ou sete anos. En 1908, logo de casar coa que fora modelo de varios dos seus cadros, Simone Nafleux, realizaría unha viaxe á Coruña, onde entraría en contacto con outros pintores coruñeses mais, con todo, a primeira noticia da produción de Germán Taibo nesa cidade non chegaría ata 1912, cando participou na primeira Exposición de Arte Gallego, con catro obras, entre elas o seu autorretrato de 1906. O pintor non asistiría á exposición ao encontrarse traballando na Costa Azul no cadro que o consagraría cunha medalla de prata no Salón dos Campos Elisios ao ano seguinte na capital francesa, A pastoral, un óleo evocador da Arcadia feliz, que forma parte da compra que fixo o Concello coruñés en 1920 ao pai do artista.

      Tras expor a súa obra en 1916 no Palace Hotel de Madrid cun grande éxito da crítica, de xeito especial a de Wenceslao Fernández Flórez, e do público, o pintor herculino conseguiría vender varias obras, o que lle reportaría unha suma de cartos que lle permitiu realizar varias viaxes na procura de atopar escenarios para iniciar unha nova etapa, onde a paisaxe pasaría a ser a protagonista da súa obra.

     Un ano despois presenta de novo algunhas obras na segunda Exposición de Arte Gallego na súa cidade natal, aínda que novamente non asiste á mostra por encontrarse pintando en París algúns dos seus lendarios espidos e o conmovedor cadro Morte de Abel, deixando atrás as súas viaxes pola Costa Azul e a Belle-Île, na Bretaña francesa, e as súas obras de recreacións paisaxísticas.

Nu
     En 1918, na plenitude da súa breve carreira artística, leva a cabo os seus dous mellores espidos. Simone, a súa musa, pousa tombada en ambos os cadros, que fan pensar noutros espidos clásicos: a Olympia, de Manet, e a Odalisca, de Ingres. Os dous cadros están na Coruña, cidade á que Taibo regresará ese mesmo ano fuxindo da gripe que arrasaba Francia tras a I Guerra Mundial, acompañado da súa muller e da súa filla, Raimunda. Na Coruña pintaría cadros como A fonte, un recuncho do xardín da Fábrica de Mistos, e tres paisaxes de profunda fondura galega: Souto de Elviña, Piñeiral de Elviña e Piñeiral.

     É precisamente no verán deste ano cando temos noticias de que Germán, Simone e a súa cativa Raimunda viaxan ata Armentón para pasar unha xornada no pazo de Anzobre convidados, xunto a outros persoeiros da Coruña, por Manuel Puga, o popular Picadillo, que fora alcalde da cidade herculina (cargo que xa ocupara en outubro de 1915) logo de que o coruñés Eduardo Dato se convertera en presidente do goberno estatal. Mais a actuación de Picadillo durante a folga xeral do 13 de agosto de 1917, levaríao a ser destituído na semana seguinte, iso sí, recibindo unha homenaxe de 6.000 obreiros sindicados e un pergameo asinado polas 27 sociedades obreiras coruñesas. 

     As informacións daquela tarde do verán de 1918 que pasaron en Armentón o pintor Germán Taibo e a súa familia ofrécenolas o xornalista galego Manuel Barbeito Herrera quen, no número 113 da revista Vida Gallega, cóntanos nun artigo ao que titula Los eidos de Anzobre. Por el camino abrupto algúns detalles daquela xornada, artigo que Barbeito inicia co percorrido que fan os convidados dende A Coruña ata o pazo de Anzobre:

"El sol implacable del mediodía cae á plomo sobre la carretera, ese camino hosco, polvoriento y sin la sombra de un árbol, que se pierde en las montañas de la costa, hácia Carballo. Los caballos arrastran el coche cansinamente, agobiados por el sopor de la hora, y de cuando en cuando un perro ladrador salta enfurecido junto á las ruedas.


     Germán Taibo, el pintor coruñés educado en los estudios de Roma y París y vuelto á la tierra natal después de largos años de ausencia, mira en silencio á los lados de la carretera, un poco sorprendido de la abrupta rudeza del paisaje tan opuesta á la apacible belleza de esos otros caminos que arrancan de la ciudad y serpean entre las frondas de Oleiros, el Burgo, Cambre, Abegondo ó los fértiles valles de Culleredo y de Barcia. Todo es duro y recio, por esta parte. La clara luz de los días de Julio no hace sino poner de relieve cada detalle del paisaje que tiene toda su fiera expresión entre las brumas invernales, cuando el fragor del oleaje cabalga en las alas del huracán.

     Unicamente, á la manera de un óasis, surge la breve y pintoresca lozanía de Pastoriza, con su santuario secular y su montaña que la imagen de piedra hace litúrgica, y más lejos la iniciación de los campos bergantiñanos, en el fondo de los cuales se abre á veces la oscura cadena de montañas para mostrar la maravilla azul coronada de espuma de la legendaria costa de la muerte.

     Frente á nosotros madame Taibo, recogida y sonriente, acaricia los cabellos de su hijita."  

     No artigo publicado na revista Vida Gallega, Manuel Barbeito Herrera tamén comentaba que ... "Y comiendo así, de esta manera escogida y delicada, parece complementaria la conversación sobre las cosas superiores. La emoción nacida de un cuadro de Taibo, por ejemplo, ganaría en intensidad cerca del pavo dorado que nos sirven, decorado por el rutilar del vino de Málaga que da á las copas apariencias de gemas enormes. Hablamos, pues, de los cuadros del artista, de sus luchas, de sus éxitos, de su labor futura. Pero la más bella obra de Taibo no está en su estudio de París ni figuró en la exposición tan alabada por los inteligentes cortesanos.

     La obra más perfecta, la más bella, está frente á nosotros. Se llama Raymonde, tiene seis años, el cabello rubio y los ojos serenos y dulces del color de los lagos bajo los sauces. La niña es semejante á una muñeca extraordinaria con ademanes de persona mayor de una encantadora precocidad. Se ha puesto una dalia en el hombro y aunque apenas entiende nuestro francés de bachiller aprovechado, sonríe amablemente perdonando la torpeza y agradeciendo el esfuerzo de quien intenta hacerse comprender. Y al fin, toda la admiración de los comensales es para la pequeña gallega nacida en París, á quien los alemanes tuvieron unos días prisionera en las orillas del Marne."

   Lamentablemente, uns días despois daquela xuntanza en Armentón, o 30 de setembro, Manuel María Puga Parga, o popular Picadillo, falecía con só 44 anos a cunsecuencia dunha gripe, unha enfermidade que tamén acabaría coa vida de Germán Taibo. O pintor volvera, a finais daquel ano, a París coa súa familia e falecería o 14 de febreiro de 1919 na súa casa da rúa Moulin Vert, quedando enterrado na capital gala. Acababa de cumprir 30 anos e de pintar o seu último cadro, O leñador e a morte.

       Trala morte do pintor, formaban parte do inventario que Simone Nafleux e o pai de Taibo realizaron na casa parisiense 50 cadros, 30 esbozos, 93 estudos, debuxos e apuntamentos, obras que cruzarían o Atlántico para ser expostas, con todos os honores, na Exposición de Arte Gallego de Buenos Aires, despois da cal uns cadros quedarían en París e a maioría serían traídos á súa terra de nacemento xa que o pai do pintor ofreceulle algunhas obras á cidade da Coruña, que finalmente as adquiriu en 1920 por 40.000 pesetas. Boa parte -unha trintena- mostráronse nunha exposición organizada en 1947 pola Academia de Belas Artes. Foi a última e gran ocasión de reunir o legado do xenio interrompido, legado do que forma parte un dos espidos máis fermosos da pintura galega, o da súa muller Simone Nafleux.

Nu de Simone Nafleux

     Os que tiveron a oportunidade de ver o retrato da francesa, de pel moi pálida e cabeleira loura, deitada con sensualidada sobre unhas telas quedaron tan impactados que incluso lle dedicaron un relato, como foi o caso do escritor Manolo Rivas en As chamadas perdidas. Nesta narración Rivas explica que durante o franquismo o arzobispo de Santiago fora de visita ao concello da Coruña e intentaron ocultar esta obra con unhas flores, que se caeron ao chan tras unha corrente de aire. O arzobispo, tras uns momentos de estupefacción, exclamou: "¿Pero por qué tiñan tapada esta gracia de Deus?".


FONTES:

BARBEITO, MANUEL. Los eidos de Anzobre. Por el camino abrupto. Vida Gallega: Ilustración General (Año X, Volumen VI, número 113), 15 de setembro de 1918.
24 de outubro de 2016. 
RIVAS, MANUEL. As chamadas perdidas. Edicións Xerais, 2002.
VILLAR, MARTA. El ayuntamiento muestra sus pinturas. 9 de decembro de 2008. 




O QUIXOTE E A PARROQUIA DE ARMENTÓN

 
      Como ben sabedes, estamos a traballar nun libro no que imos a recompilar máis de 150 artigos que Manuel María Puga, o lendario Picadillo, escribiu en varios xornais coruñeses entre os anos 1902 e 1918. Pois ben, nun deses artigos, o publicado en “El Noroeste” o 4 de abril de 1905 baixo o título de “La instrucción en la aldea”, Picadillo dáballe aos seus lectores unha idea aproximada de como estaba o tema educativo na parroquia de Armentón por aqueles días.

   O señor Conde, como era coñecido en Arteixo, empezaba a devandita crónica facendo mención dunha historia acaecida pouco despois de que entrara a formar parte da redacción de “El Noroeste” dicindo que...

  “ El entusiasmo se apoderó de todos nosotros y el que más y el que menos se echó por las calles y por las aldeas á la caza de nuevos lectores. A mí también me tocó mi parte y aprovechando la primera ocasión en que fuí al campo, reuní en conclave á los caseros más acomodados y les hablé en la siguiente forma:

Caballeros: Ahora hay ná Cruña un papel periódico que da moito gusto de leelo. Non costa mais que unha peseta cada mes, é vós ben podedes suscribirvos que con eso saberedes todas as novedades que pasan pó lo mundo.

-Bien está, si señor.
-A ver, lista: Manuel Loureiro, Bernabé Gómez, Juan Grela Grela, Domingo Abeleira, etc.”


      Segundo nos conta no artigo, o noso protagonista conseguiría doce ou catorce novas subscricións entre os seus caseiros de Armentón coas que, días máis tarde, aparecería na Coruña cheo de satisfación e co peito inchado coma un pavo real, facéndoas inscribir acto seguido nas listas da administración de “El Noroeste”.

    Transcorre o tempo. Picadillo bota na Coruña dous ou tres meses sen pisar as súas posesións en Arteixo. Mentres, “a súa xente” seguía pagando relixiosamente o seu periódico e ata incluso había algún subscritor que facía as oportunas reclamacións cando algún día, por casualidade, non recibía o número.

      Naquela hora o correo de Anzobre era, seguindo a tradición no país, unha leiteira, leiteira que de cando en vez chegaba cos seus encargos á hora do crepúsculo. Alfredo Tella, compañeiro de redacción en “El Noroeste” de Picadillo que asinaba a súa sección “Croniquillas” co seudónimo de Equis, contaba naquela altura nun dos seus chispeantes artigos que certo día…

      ”Tardaba mucho la conductora de las cartas; ya casi era de noche oscura y no había llegado. Da muchísima rabia en el campo este retraso del correo, pues se esperan periódicos y cartas con la impaciencia del que no tiene nada que hacer. Por fin apareció la lechera, montada en su burro, con su paquete de costumbre y con otro paquete bastante grande envuelto en trapos.
-¿Cómo tardaches tanto, rapaza?
-Desimule, señor. Foi que parín en Arteixo. Aquí teñen o neno.
Efectivamente, traía una preciosidad de chico, y estaba como si tal cosa”.


      Transcorridos esos dous ou tres meses, Picadillo voltaría ao seu pazo de Anzobre e, aos poucos días de estar alí, foino a visitar un dos seus “enlistados”.

-¿E cómo lle vai?
-Ben, e ti?
-Ben, para servir a Dios e a vostede.
-¿Qué traes de novo?
-Pois señor, eu víñalle dicir a ver cando deixamos de pagar o periódico.
-¿Enton, non che gusta? ¿non está de acordo coas túas ideas?
-Non, non señor, non é iso.
-¿Pois que pasa, home?
-Pois é que na casa ningún de nós sabe ler.

      Ante tan rotunda declaración, Manuel Puga daría de baixa a ese caseiro como subscritor de “El Noroeste” sen ningún tipo de explicacións. Á semana seguinte, dos catorce só quedaban catro; os dez restantes non sabían ler!

      Os catro que si o sabían facer manterían por bastante tempo a súa subscrición no xornal herculino, mais un deles acabaría por darlle as queixas a Picadillo dicindo que os traballos do campo ían para atrás porque (frases textuais)... la canalla desprencipia á ler al ponerese el sol y se están lendo hastra las dos de la noche é despois non hay quien los haja deixar la palleira. Ese tamén convencería ao señor Conde e tamén o faría dar de baixa.

      Os outros tres continuarían tan interesados e satisfeitos que ata nunha ocasión un deles enviaríalle a seguinte carta a Picadillo:


Para el Señor amo
perillona 31 de marco 18905

      Mui señor mio denpues de saludar le a vdt y demas amigos desa redencion paso amanifestale lo sigiente
el que no be mundo señor amo es coma una vesta brava y aquí el paisano careze de enstrucion publica porque el gobierno no se coida de adautar el porfesorado en una devida forma y los rapaces se crian lo mesmo que almallos en lo que se relaciona con la sabeduria interior de la caveza por eso nole estrañará que le derija estas 4 mal tracadas letras por ber si nos saca de una cabilazion muy grande que tenemos yo y barios mas todos becinos de este lujar en los voletines que ustés nos mandan desde el nordeste anda ay dias una cosa que llaman el centanario de un tal quigote y por mas que lemos y lemos no sacamos nada de la leutura mas qe a ese quigote lo a echo un tal don grabiel de Carvantes ou aljo asi cuyo don grabiel era manco por lo cual emos acordado los de la perillona ponernos en una comision para decirle a usdt que fale con el escrebiente del periodeco señor de eques que es el mas pabero de todos y nos heche una esplicacion de lo que quier dezir eso del centinario
Es un señor moy adivertido y a de sacar alguna destruzia para acerenos conprender bien lo que quiere dicir.
ia sabe usted qe aquí estamos para que nos moleste en cuanto sea gustante.
No destraendo mas su de licada atención y con rrecuerdos á la familia y amigos que por mi pergunten es de usted p.p.p.q.p.m.p.b.,
Manuel Cotelo feli Pez.

Lugar da Perillona, parroquia de Armentón
      Picadillo decidira inserir esa carta nas páxinas de “El Noroeste” para pór de manifesto...”cómo anda la instrucción pública por las aldeas, á pesar del aumento de sueldo á los maestros y de la multiplicación de las escuelas”, unha carta coa que a veciñanza da Perillona solicitaba a súa particular axuda para descifrar o contido das “Croniquillas” en torno á figura de un tal “Don Quijote” e dun tal Miguel de Cervantes que, por aqueles días, escribira Equis (Alfredo Tella), o xornalista aludido na carta precedente.

      Así pois, Equis tivera que romperse o miolo para dar unha explicación que poidera ser entendida por aquela xente da Perillona sobre o terceiro Centenario da publicación de “Don Quijote de la Mancha”, a novela escrita por Miguel de Cervantes en 1605, uns veciños que o 30 de abril de 1905 podían ler en “El Noroeste”, logo de agardar uns días con ansiedade e moita curiosidade, a explicación de Alfredo Tella: 
 

El Centenario en la aldea”

      Pues señor, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, y ya que en estos días de fin de mes y entrada de otro hay que pagar á la patrona y á todos los demás proveedores de artículos de primera y segunda necesidad, voy á pagar también una deuda que tengo con el gran “Picadillo” y con su colono y muy señor mío Cotelo Felípez de la Perillona, el autor de la más graciosa carta que ha visto la luz en letras de molde. Cierto es que la deuda data de principios de mes y yo la pago á últimos, lo cual da una malísima idea de mis condiciones de solvencia, pero diré para tranquilidad de mis acreedores metálicos que me cuesta más trabajo pagar con la pluma que con los cuartos. Y, en fin, hace muy cerca de dos años que le debo á don Miguel de Unamuno unas coplas macarrónicas que me pidió, y aún no le mandé, y en cambio cumplo con Cotelo Felípez dentro del mes, lo cual dará á tan apreciable labrador y vecino muy alta idea de la consideración que me merece.

Alfredo Tella, Equis
    Lo malo del caso es que cualquiera explica á los habitantes de Bergantiños que fueron educados como “almallos”, según modesta y propia confesión, quien fue don Miguel de Cervantes y porque todo el mundo se entusiasma tanto con su libro.

    Cervantes, amigo Cotelo, era un manco, ó lo que es lo mismo “toco”, según les llamamos en el país, que, después de haber ido al servicio y visto mucho mundo, cogió la pluma con la mano sana y poniendo boca en un loco y en su criado, que parecía tonto, les dijo á los españoles de aquellos tiempos una porción de verdades tan grandes como bueyes de Laiño. Que eran unos tontos más grandes que sus criados y unos locos más grandes que él; que andaban perdiendo el tiempo en caprichos y cosas que no valían la pena, mientras que su hacienda se la llevaban todos sus diablos y estaba descuidado el gobierno de su vida.

    Si Cervantes hubiera escrito el Quijote en estos tiempos y para que lo leyéseis os pintaría un paisano que sale por el mundo con su criado para perseguir á los labradores que echan en sus tierras arena de Baldayo y que no enganchan los novillos al carro hasta que tienen tres años. Os diría que debíais gastar reloj de plata bien gordo y cadena con fleco bien largo, pantalón de campana sin remontas y sombrero con un revólver dorado en la cinta, en lugar de las polainas y monteras que tan buenos servicios os prestan. Y os diría también que deberíais prescindir de vuestras costumbres sencillas, que bailaseis polkas y mazurkas despreciando el “manelo”, que en lugar de unto le echaseis al caldo extracto de carne de ese que viene de Buenos Aires, y que es conveniente lavarse la cara cada ocho días y los pies cada quince y poner á prado las tierras porque dan más que á trigo.

     Al leer estas cosas vosotros comprenderíais que aquello era una broma y diríais como de costumbre: Bueno, bueno, Dios nos deixe andar de á cabalo de quien lo entiende.

    Ya veis, pues, lo que hizo ese Don Miguel y lo muy agradecidos que debemos estarle todos por habernos abierto los ojos.

      Por eso debeis celebrar todos el centenario como una de las grandes solemnidades de la vida. Echad lacón y costilla en el puchero, tomad vino del país y arroz con leche, y si después de esto os reunís en la cocina y contais unos cuentos de esos que sabeis vosotros llenos de sentido práctico y cuyas moralejas dejan muy atrás á las de Sancho Panza, podreis alabaros de haber realizado unos festejos mucho más alegres y mucho más cervantinos que todos cuantos hagan en Madrid.

EQUIS.


Quixote obra de Antón da Barreira
     Non sabemos se os veciños e as veciñas da Perillona entenderían, coa explicación dada por Equis na súa sección “Croniquillas”, quen era o tal Miguel de Cervantes, o “Don Quijote” e tamén que demo era iso do Centenario… é probable que si, mais as respostas quedan no aire. O único que podemos afirmar é que moitos anos máis tarde, a principios da década dos 50, un matrimonio da parroquia carballesa de Rus, Antón da Barreira e Flora Seoane, chegaban a Armentón desde o seu Carballo natal para instalar o seu domicilio en Anzobre, lugar onde el montaría unha carpintería, a carpintería de Sánchez, unha das de máis sona do Arteixo de antano. Curiosamente, medio século despois de que o fixera na Perillona, o espíritu do Quixote voltaba a revivir nese lugar da xeografía arteixá xa que Antón esculpiría en madeira algunha que outra figura do popular fidalgo da Mancha!








RODRÍGUEZ E RAVACHOL, OS LOROS DE PICADILLO E DE PERFECTO FEIJÓO 


   Houbo un tempo, a principios do século pasado, que a cidade de Pontevedra e a parroquia arteixá de Armentón estiveron irmandadas polas desventuras de dous loros que, coas súas linguas irreverentes, poñían a caldo a todo aquel que se cruzara no seu camiño disparando, pola súa pequena boca, frases que facían sacar as cores e que non deixaban indiferente a ninguén dos dous lugares. Falamos de Ravachol e de Rodríguez, os loros de Perfecto Feijóo, farmacéutico pontevedrés e gran impulsor da revalorización da cultura tradicional galega, e de Manuel M.ª Puga, o popular Picadillo.

Imaxe do loro Ravachol

  Dada a gran lonxevidade que ten os loros xa que se calcula que poden chegar aos 75 anos, é difícil coñecer a ciencia certa o nacemento  exacto  de  Ravachol  que, segundo algunhas fontes, cabe a posibilidade que fora descendente dalgunha das aves exóticas que trouxeran de América en 1702 os buques españoles que foran atacados na Ría de Vigo pola flota anglo-holandesa na famosa Batalla de Rande. O caso é que, tras o afundimento dos barcos, unha boa parte dos loros lograría sobrevivir expandíndose polas cercanías na cidade olívica, sendo recollidos moitos deles pola veciñanza.

  Case dous séculos despois, en 1891, o profesor de música e director da banda musical do rexemento de infantería de Guillarei (Tui), Martín Fayes, regaloulle un loro que pululaba ao seu antollo polo cuartel, e que de seguro era descendente daquelas aves sobrevivintes de Rande, ao seu amigo e alumno o boticario Perfecto Feijóo.

   Licenciado na Universidade de Santiago e fundador de “Aires da Terra”, o primeiro coro galego, Feijóo, que rexentaba a súa botica na Praza da Peregrina desde 1880, era unha eminente personalidade, das máis carismáticas da época, naquela tranquila Pontevedra de finais do século XIX. De carácter ameno e cercano e de ideais republicanos, o boticario reunía na súa farmacia á flor e nata da sociedade pontevedresa, acudindo ao seu estabelecemento persoeiros da política, as artes e as ciencias para participar nas máis animadas tertulias que alí se celebraban baixo a atenta mirada do loro que lle regalara o seu amigo Martín Fayes, un loro que tardaría unha tempada en adaptarse ao seu novo emprazamento, permanecendo case mudo sen facer alerde da súa facilidade para a conversa que si mantivera no cuartel.

Botica de Perfecto Feijóo
   Mais, pasado o período de adaptación, o paxaro exótico empezaría a exteriorizar o seu carácter de alborotador e descarado que levaba dentro, de aí que Feijóo o bautizase co nome de Ravachol, identificándoo así co anarquista e revolucionario francés François Ravachol, detido a finais de marzo de 1892 e executado na guillotina o 11 de xullo do mesmo ano.

  A habilidade do loro para a palabra fundíase cun vocabulario vulgar e cuarteleiro que deixaba sorprendidos a veciños e visitantes. Segundo a época do ano e a hora do día, Feijóo poñíao na súa gaiola na botica, na rebotica ou ben no exterior da farmacia, ao carón dun banco de pedra, que era o lugar donde Ravachol se encontraba máis a gusto disfrutando do bulicio dos transeúntes.

   O temperamento do animal, a súa verborrea e a facilidade de palabra non tardarían en convertelo nun singular atractivo da cidade do Lérez, gañando de contado o cariño popular. Ata a farmacia achegábanse xentes de todos os lugares para observar con asombro as súas habilidades e ata había clientes que o obsequiaban con algún caramelo, iso sí, os que non lle daban a larpeirada recibían un boa rifa!

  A vida do simpático animal estaría marcada por un gran número de anécdotas relacionadas coa súa enorme desenvoltura para o sarcasmo. Unha das cousas máis sorprendentes é que, a parte da súa gran fluidez na linguaxe, tamén contaba cunha enorme capacidade de intelixencia que lle permitía manter pequenas conversas. Ademais, era quen de identificar algunhas situacións para aplicar as súas frases, que case sempre dicía en galego e que pronto se farían populares ao ser utilizadas no linguaxe cotidiá da veciñanza pontevedresa

Perfecto Feijóo
   Perfecto Feijóo faría todo o posible por correxir o seu mal comportamento verbal e, por iso, a frase ameazante “se collo a vara” soaba cada dous por tres na botica. Mais o loro faría propia a devandita frase para dirixirse aos que se metían con el. Tamén, cando algún paisano se achegaba e facía que lle daba un caramelo, Ravachol dicialle: “Vaite de aí lambón”. Se non había ninguén atendendo a botica e entraba algún cliente berraba: “Don Perfeuto parroquia” ou tamén “Xente na tenda”. Se o cliente ta mal aspecto gritaba “aquí non se fía”. E se o que entraba na farmacia era un crego, pois entón imitaba a un corvo. Outra mostra máis da súa sorprendente capacidade é que en ocasións gritáballe a Feijóo: “Don Perfeuto a despachar” e cando se acercaba o farmacéutico dicíalle: “engañeiche, engañeiche. Tamén ta fama a súa forma de facer plegarias e cantos durante a misa no cercano Santuario da Peregrina, o que provocaría o malestar nos relixiosos aos que chamaba “bárbaros”.

  Ravachol despacharíase ben a gusto con varios persoeiros da época, recibindo os seus insultos intelectuais e poderosos políticos, entre eles o propio presidente do goberno Eugenio Montero Ríos ou a insigne Emilia Pardo Bazán, unha escritora que probablemente estaba afeita a recibir os improperios de Rodríguez, o loro do seu amigo Manuel María Puga, Picadillo, un animal que por aqueles días tamén facía das súas na parroquia arteixá de Armentón.

   A primeira nova que temos de Rodríguez corresponde ao 21 de setembro de 1904, día no que Picadillo publica no xornal El Noroeste o artigo “Mi loro. Confesiones íntimas”, no que o autor describe como chegou o animal ao seu pazo de Anzobre, comentando que fora un agasallo de unha das súas afilladas que tiña emigradas no Uruguai:

María Manuela Peregrina, que así se llama según todas las de la ley, se marchó a Montevideo hace unos cuatro años, y á los pocos meses de estar allá recibieron sus padres una carta en la que se les anunciaba que en breve sería remitido un regalo para el señor padrino. Me olió a loro; pero guardé el secreto.

No se engañaron, no, mis presentimientos. A las doce de una noche de esas crueles del mes de Diciembre, en que el agua se hace sentir pegando contra los cristales, fuertes aldabonazos en la puerta de la casa anunciaban que alguien quería entrar a toda prisa.

Desperté sobresaltado, hice abrir, y un criado volvió a los pocos momentos anunciándome que un “amaricano” deseaba verme con urgencia, pues traía un encargo de cuidado que “me entregar”. No llegó mi fuerza de voluntad hasta el extremo de abandonar el lecho, pero tuve la resignación necesaria para dar orden de que pasase a mi habitación el emisario.

-A la buena noche.
-Ola, amigo, adelante.
-Aquí le traigo esto que me ha dado el encargho para usted su ahigada la Peregrina.
-¡Hombre, un loro!¿Y cómo está la muchacha?
-Queda bien de salud y ghanando bastante plata. Está de criada de manos con una intaliana.
-Vaya, vaya. ¿Y el bicho éste, habla?
-Desprencipia.
-¿Y que come?
-El probito no come más que máiz cocido.
-Bueno, pues déjelo por ahí y que le den de cenar ¿eh?
-No, mil gracias; no apetezco de nada.

Pazo de Anzobre (El Noroeste, 13 de xullo de 1902)
  Mais, ao parecer, aos dezaseis días desta escena, o loro falecía por defecto de aclimatación sen romper o solemne mutismo no que tivera a ben permanecer desde que entrara no pazo de Anzobre, o domicilio arteixá de Picadillo. A familia de Peregrina comunicaríalle a esta por carta a triste nova, e ao ano seguinte, no mesmo día e á mesma hora, outro “amaricano” traíalle a Rodríguez, a segunda edición do animaliño:

El destino se había empeñado en que yo tuviese un loro y ¿qué va uno a hacer? ¡Ah! Pero este es otra cosa; este habla y chilla y da mordiscos. Goza de una libertad que envidiarían muchos mortales, come cuando quiere y duerme donde le parece. Pronuncia difilmente, y lo que más claro dice es:
-¿Cómo te va?
-Corre que corre, chancho!
-¡ay que te corto!

Y canta una cosa de esas de dormir a los niños. Estos días le da por hacerme compañía y la otra tarde se entretenía en comer una cuartilla de mi libro de cocina en la barandilla del balcón de mi despacho, cuando entró un paisano. -¿Cómo te va?, gritó el loro.

El paisano, entre risueño y desconfiado, lo contempló despacio y, volviéndose de repente a mi, me dice:
-Señor amo. ¿e que crase de besta é esta?
-É un animal da Patagonia.
-¡Vaya carafio!

A los dos días mi casero comentaba el suceso con un amigo, en el atrio de la iglesia parroquial, momentos antes de empezar la misa.
-Eche un paxaro grande con moitas prumas. Parce cousa do demo. A min díxome como me iba. Fálache coma os nenos. E chámanlle Rodrighes como se fora un cristiano, fora a alma.
-¡Arrenegado! Ireino ver, oh.


   A partir dese diálogo o loro de Picadillo adquiría en toda a parroquia de Armentón e boa parte da bisbarra unha popularidade que nunca outro animal tivera por estos lares. 

Manuel Mª Puga, Picadillo
   Noutra ocasión, cando Manolo Puga trataba de conseguir suscriptores na parroquia de Armentón para o xornal El Noroeste, o loro facía das súas insultando a un dos veciños de Anzobre, feito que nos conta Picadillo no artigo “Confidencias. La instrucción en la aldea”, publicado en El Noroeste o 5 de abril de 1905:

El entusiasmo se apoderó de todos nosotros y el que más y el que menos se echó por las calles y por las aldeas a la caza de nuevos lectores. A mi también me tocó mi parte y aprovechando la primera ocasión en que fuí al campo, reuní en conclave a los caseros más acomodados y les hablé en la siguiente forma:

Caballeros, agora hai na Cruña un papel periódico que da moito gusto de lelo. Non costa máis que unha peseta cada mes, e vós ben podedes suscribirvos que con eso saberedes todas as novedades que pasan polo mundo.
-Bien está, si señor.
-A ver, lista: Manuel Loureiro, Bernabé Gómez, Juan Grela Grela, Domingo Abeleira, etc.

Doce ó catorce nuevas suscripciones, con las cuales vine muy ufano, haciéndolas inscribir acto continuo en las listas de la administración.

Transcurrió el tiempo, yo estuve por estos barrios dos o tres meses y mi gente pagaba su periódico a toca teja y hasta había suscriptor que hacía sus reclamaciones cuando algún día por casualidad dejaba de servírsele el número.

Volví al campo y a los pocos días de estar allí vino a visitarme uno de mis enlistados.
-¿E cómo lle vai?
-Bien, y tú.
-Ben, para servir a Dios e a usted.
-¿Qué traes de novo?
-E pois señor eu víñalle dicir a ver cuando degamos de paghar el preódico.
-¿Entonces, no te gusta? ¿no está de acuerdo con tus ideas?
-Non, non señor, non é eso.
-¿Pues que pasa, hombre?
-Pois é que na casa ningún de nós sabe ler.

Ante tan rotunda declaración ordené que se le diese de baja sin nuevas explicaciones. A la semana siguiente de los catorce sólo quedaban cuatro; los diez restantes no sabían leer. Cuando uno de los sujetos me explicaba que aquel papel no les servía para nada porque según él “na casa lles estorbaba o negro”, Rodríguez, el loro a quien nunca le falta una palabrita en estas ocasiones, exclamó desde el balcón:
-¡Burro!, ¡Burro!
Y el paisano, medio risueño, medio azorado se vuelve a él y le contesta:
-Tes razón, ho. Ai que raio de paxaro!

   Rodríguez seguiría armando as de San Quintín en toda a parroquia de Armentón ata os últimos días da súa existencia, perda celebrada por uns, principalmente as víctimas do se seu impertinente vocabulario, e chorada por outros, entre eles, obviamente, o seu dono Manolo Puga. A revista Coruña Moderna, na que habitualmente colaboraba Picadillo naquela hora, escribiría o seguinte artigo necrolóxico o 14 de outubro de 1906, artigo que posiblemente sexa o primeiro destas características dedicado a un loro:


CRÓNICA DE SOCIEDAD. UNA PÉRDIDA SENSIBLE.

Nuestro querido colaborador Manolo Puga (Picadillo) pasa en estos momentos por un trance amarguísimo. Al autor de la “Cocina Práctica” le ha desaparecido, súbitamente, de su pazo de Anzobre, un hermoso loro en el que tenía puesto el más sólido y firme de sus amores. El ilustre Picadillo sospecha, con gravísimos fundamentos, que, á estas horas, el loro habrá sido víctima de la ferocidad de algún buitre o de las asechanzas de algún zorro.

Nosotros, que sabemos por experiencia lo angustioso de una pérdida semejante, pues ha poco hemos tenido el dolor de ver exhalar su último aliento a un papagayo al que queríamos entrañablemente, no encontramos palabras que sean capaces de mitigar la pena hondísima que ahora conturba el ánimo de nuestro amigo.

Y así, nos limitamos a aconsejarle que reciba con resignación este golpe que el Destino le ha deparado y que busque en la Religión un bálsamo que cicatrice la herida abierta en su pecho por el fin prematuro y trágico del leal compañero que hacía gratas y amables sus horas campesinas.

¡¡Descanse en paz el desventurado loro!!

Borrador da obra "Rodríguez, o loro de Picadillo"
   Algunhas das andanzas deste paxaro trataremos de revivilas nunha pequena obra teatral na que estamos a traballar con Melandrainas, o grupo de teatro de Arteixo, obra que titulamos “Rodríguez, o loro de Picadillo” e que agardamos poder representar nos últimos meses deste 2018 ou, se se tercia... aí deixamos a idea... facerlle unha homenaxe no entroido, semellante á que se lle realiza en Pontevedra a Ravachol, o loro de Perfecto Feijóo que, ao parecer, falecería na cidade do Lérez o 26 de xaneiro de 1913 a causa dun empacho de biscoitos mollados en viño.

   A prensa da época recollía a noticia da morte do popular loro con gran estupor, deixando á sociedade pontevedresa sumida nois profundo desconsolo, envolta nunha triste sensación de dor polo cariño que lle tiñan ao animal. Perfecto Feijóo, recibiría telegramas de pésame procedentes de toda a xeografía española, e ata incluso o seu grupo de amigos decidiría ofrecerlle a Ravachol unhas honras fúnebres como se merecía, sendo embalsamado o seu cadáver e expuesto na farmacia, unha botica que se abarrotaría de contado para recibir o pésame dos veciños e das veciñas, que facían longas ringleiras na rúa para darlle o último adeus.

   O enterro do paxaro realizaríase o día 5 de febreiro, mércores de cinza e sería a sociedade de artesáns de Pontevedra a encargada de organizalo. Antes dos actos fúnebres publicárase un bando no que solicitaban a asistencia ao enterro "disfrazado cada uno a su manera y portando un farol fúnebre". A comitiva, encabezada por unha docena de xinetes, estaba composta de bandas de música, comparsas, carrozas e miles de paisanos que nun lutuoso desfile dirixíronse ao Circo-Teatro da Alameda da cidade pontevedresa. 

   Ante unha bancada abarrotada, celébrase unha fúnebre despedida denominada "Velada Infausta" na que participan Ilustres pontevedreses antes de que os restos mortais de Ravachol foran enterrados nun terreo que Perfecto Feijóo tiña na parroquia de Mourente, lugar no que os íntimos tertulianos da botica son os que lle dan o último adeus ao loro que durante máis de vinte anos mantivera á sociedade pontevedresa pendente das súas extravagancias.

  Tras a súa morte, a lembranza de Ravachol persistiría no tempo e, co fin do franquismo e a recuperación das tradicións máis laicas e festivas, renacería con gran forza o mito do loro anticlerical, procaz e republicano. Mais, con todo, non sería ata 1985 cando un grupo de pontevedreses decidirían recrear, xunto á comisión municipal de festas, o velorio e enterro do loro Ravachol no entroido da cidade. O éxito desa primeira recreación sería de tal dimensión que en poucos anos o enterro do famoso paxaro exótico convertiríase nun dos actos máis populares dos carnavales que se celebran en Europa. Amigos e amigas de Armentón: ¿para cando o enterro do loro Rodríguez?



O PINTOR MANUEL ABELENDA E A PARROQUIA DE ARMENTÓN

Fillo dunha familia proletaria que, como case todas as da época, era moi numerosa, Manuel Abelenda Zapata nace na Coruña o 2 de novembro de 1889, na casa número 10 do popular barrio de Santa Margarida. Os seus proxenitores, naturais do concello de Carral, chegaran á cidade herculina na procura dunha situación máis próspera que a que gozaban no medio rural do que procedían. Seu pai Manuel Abelenda Incógnito, que naquel intre tiña 26 anos, exercía a profesión de quincalleiro, e súa nai María Zapata Amaro, cinco anos maior que o seu home, traballaba na fábrica de tabacos. Manuel tería uns quince irmáns, aínda que a maior parte non sobreviviron ás enfermidades que decimaban a poboación infantil de aqueles días.

Neste ambiente familiar tan humilde, o noso protagonista demostraría a súa afección polo debuxo sendo aínda un cativo pois, segundo contaban os seus compañeiros, ao saír da escola dedicaba a esta actividade todos os momentos que podía.

Manuel Abelenda (Arquivo familia Abelenda)
Cando tiña catorce anos, despois de facer os estudos primarios, Manuel entra a traballar no taller de fotogravado de Pedro Ferrer, o máis importante fotógrafo da cidade da Coruña durante o primeiro terzo do século vinte. Entre 1903 e 1908 o futuro pintor asiste polas noites á materia de debuxo artístico na Escola de Artes e Oficios da súa cidade natal, na que pronto destaca e obtén os modestos premios da época.

Cun complemento económico concedido polo Concello da Coruña e máis a Deputación Provincial, en 1909 viaxa a Madrid, onde se integra nos ensinos do Círculo de Bellas Artes. Abelenda completaría posteriormente, como bolseiro da Deputación, a súa formación na Academia de España en Roma. No mes de xaneiro de 1914 admíteno como membro da Assoziacione Artística Internazionale da capital italiana mais, a guerra europea e a carestía da vida faría que a estadía prevista de catro anos en Italia se vira reducida a só oito meses e voltaría a súa cidade natal nese ano 14.

Vendo o seu progreso, o Concello da Coruña continuaría apoiando economicamente ao artista coruñés para que completase a súa formación. No orzamento de 1916, aprobado pola corporación herculina o 15 de decembro de 1915, hai unha partida de 1.250 pesetas que é xustificada polos “indiscutibles adelantos y merecimientos que le hacen acreedor a un más decidido apoyo”.

Cadro de Picadillo da autoría do pintor Manuel Abelenda (Concello da Coruña)
Naquela altura Manuel Puga Parga, o popular Picadillo, era o alcalde da Coruña, cargo que ostentaba dende o 13 de outubro dese ano de 1915 e que tan só ocuparía un par de meses. Pintor e alcalde fraguarían unha boa amistade por aqueles días, feito que daría pé a que Abelenda se convertera nun dos hóspedes habituais do Pazo de Anzobre, a residencia estival de Picadillo, que voltaría a ser alcalde herculino en 1917 e a quen Abelenda retrataría nun dos seus óleos.

Nalgunhas das súas publicacións, neste caso en Mi historia política, Manolo Puga fai alusión ao pintor cando acude ao Pazo á festa do San Pedro de 1917… “A los lados de los coches se barajaban las gentes aldeanas, y cerraban la comitiva Abelenda el pintor y Deibe el tallista, armados de gaita y tamboril, en los que ejecutaban de una manera portentosa muiñeiras y alboradas”.

"Festeiros". Óleo de Manuel Abelenda


Picadillo falecería o 30 de setembro de 1918, mais a relación de Abelenda con Armentón continuaría durante certo tempo, pois as súas xentes e os seus lugares serían fonte de inspiración dos seus óleos, obras que nalgúns casos empezaran a dar voltas no seu maxín con Picadillo aínda vivo. Nun artigo publicado no xornal El Orzán o 16 de agosto de 1918 (tan só unhas semanas antes do seu falecemento) titulado “En la paz aldeana. El pintor Abelenda”, Manolo Puga fai gala da amistade co pintor e cóntanos o seguinte:

EN LA PAZ ALDEANA. EL PINTOR ABELENDA

Acababa de comer. Había encendido el indispensable cigarrillo y esperaba pacientemente a que una “solterona” dejase filtrar las últimas gotas de café. El sol caía a plomo sobre el valle y hasta mí llegaba como única muestra de algo viviente el trepidar de un motor de gasolina destartalado arrastrando pesadamente por la carretera general entre densas nubes de polvo la mole de un coche de viajeros, y el acompasado ruido de los látigos trilladores cayendo sobre los haces de trigo tendidos en las eras cercanas.
Ni otro grito, ni otro comentario, ni el estridente chirriar de un carro, ni el canto de un pájaro. Es el mediodía, hora en que la actividad humana cede su puesto al silencio y a la quietud; momento en que el trabajador descansa de su trabajo cotidiano, en que el buey deja de comer para rumiar soñoliento tendido en el establo, en que el pájaro se embola cobijado por las hojas de los árboles.
Es toda la Naturaleza que descansa, y un ruido cualquiera, un algo que no sea esa absoluta quietud y esa tranquilidad absoluta es una nota que desentona. Por eso nos sorprende el motor que arrastra pesadamente el coche por la carretera y el golpear de esos maderos en los atados de trigo rompiendo la paz y el silencio que nos envuelve.
Un grito próximo acaba de dejarse oír. La Pepa, mi perrita Fox, que duerme a mis pies enroscada, yergue la cabeza y ventea hacia la puerta de entrada con una oreja enhiesta y un gesto mal reprimido de desconfianza.
¡Eh, maestro, aquí estoy!
Pepa, ya fuera de dudas, se precipita al recibimiento, aturdiéndonos con sus ladridos. Momentos después entra en el comedor un criado, portando lienzos, bastidores y caballetes y detrás la simpática figura del pintor Abelenda en el pie de cobrarse una deuda contraída por mí hace ya bastantes meses.
Yo le debo a Abelenda un viejo petrucio gallego de largas guedejas, de chambra amarilla, de cañotero de metal dorado y de navaja de cabo de boj sujeta al “chaleque” con una fuerte cadena de hierro oxidado; yo le debo a Abelenda una vieja cuentera con pañuelo de flores al cuello y falda de estameña y mandil de cuadros y un pañuelo de lana de fondo carminoso envolviéndole la cabeza; y una chica de cara simpática, de bata remendada, de pañuelo blanco y con unas alpargatas raídas y un chiquillo con la cara sucia y la boina rota y un pantalón heredado de diez generaciones y unos “zocos” que pesan seis veces el peso del dueño, y una cocina de “lareira” baja y sin chimenea, con pote y con cuncas y barreños de barro y calderos de cobre y abundancia de tojo que arde y un gato esmirriado y ceniciento que ni maya ni come ni coge ratones, pero que duerme siempre al amor de una piedra caldeada, y un perro castaño que mira sin nobleza y cuando puede y le dejan muerde a traición.
Y también le debo una buena dosis de árboles, de lejanías, de prados verdes, de casitas ruinosas, de ríos en cuyas laderas crecen los álamos y los avellanos y un buen cacho de mar encabritada y otro cacho nada despreciable de cielo azul y una colección de amaneceres y puestas de sol.
Pues bien: mi hombre viene a cobrarse y por eso profana con su grito la estupenda tranquilidad de aquella hora de no hacer nada.
Embutido en una blusa que en otros tiempos fue de crudillo y que hoy es de toda clase de colores, campa por sus respetos esclavo de sus modelos, y poco a poco van apareciendo en el lienzo el Tonecho, América de Abeleira, Santiaguiño de Mariano, la tía Manuela del crucero, el Pichón con su cara de mordedor, el pote, las cuncas y todos los demás trebejos que componen su cuadro admirable.
¡Ai, recodio, o tío Tonecho! ¡Está bien! ¿E aquela non é a filla de Mariano? ¡Mesmo está cospida! Y a ese tenor van opinando las gentes que desfilan ante el lienzo en los momentos de la mañana que Abelenda consagra a este cuadro que a mi juicio habrá de resultar una verdadera obra de arte.
Las tardes las dedica el pintor a hacer paisaje y el hombre va tomando para esto todos esos elementos que formaban parte de la deuda contraída por mí. Hay un monte poblado de pinos en la lejanía; una serie de planicies sembradas a maíz. Los verdes intensos de los zarzales separándolas y el rojo apagado de los tejados y las manchas blancas de las chimeneas dejando salir esos humos que velan de un azul diáfano la casi totalidad de los cuadros de este gran pintor de nuestra tierra. (A estas horas está en la cama y por eso me permito echarle todos estos piropos)
Las gentes de este país se han resistido siempre a servir de modelo, pero Abelenda se las ha arreglado de manera que yo tengo la seguridad de que hoy no se niega nadie a colocarse ante un lienzo.
Bien es verdad que tiene una colección de cuentos y una serie de cantares que causan efectos de sugestión y con eso y unas imitaciones de muerte de cerdo, canto de grillo, ladrar de can y el empleo siempre oportuno del patacón y del pitillo, amén de algún juego de manos y algún “aturuxo” cuando se tercia, marcha el hombre solo como las propias rosas y ya se tiene dado el raro caso de buscar a Abelenda para desayunarse y encontrarlo en casa de cualquier tía “Maruxa” o de cualquier tía “Pepa” comiéndose una cunca de papas con “leite da vaca” o atizándose un cacho de tocino con pan de borona desmigajado y comparecer después todo sonriente refiriéndonos la hazaña.
Porque eso sí, buen humor lo tiene y si no lo tiene lo aparenta y esto como comprenderéis es el colmo de ser artista.
Picadillo


Pazo de Anzobre, Agosto de 1918.

"Cociña galega" (Colección de Arte ABANCA)

En 1923, cinco anos despois do falecemento do seu prezado amigo Picadillo, Manuel Abelenda casa con Obdulia Freire Mariñas, unha moza de Perillo (Oleiros), onde fixará a súa residencia ata o momento da súa morte. Do matrimonio nacerían catro fillos: Obdulia, Manuel, Leonardo e Manuela.

A partir deses anos vinte, Abelenda realiza numerosas exposicións en cidades galegas (A Coruña, Vigo, Ferrol, Santiago etc.), Madrid e Barcelona, sendo considerado pola crítica da época un dos primeiros intérpretes da paisaxe galega, paisaxe na que a parroquia de Armentón ten certo protagonismo con cadros como “Anzobre”, óleo de 1925 que estivo presente nas exposicións de Baiona e Vigo en 1927 e nas de Pontevedra e Vigo de 1933 e que, a día de hoxe, descoñecemos o seu paradoiro.

Nesa época, en 1930, viaxa novamente cunha bolsa da Deputación da Coruña a Italia, Suiza, Bélxica e Francia, unha experiencia da que daría conta en artigos publicados en La Voz de Galicia e en conferencias en varios centros docentes.

Uns anos máis tarde, en 1936, un incendio acontecido no Pazo de Piñeiro, propiedade do pai de José Manuel Otero Castro Figueroa -ao que retratou- e residencia de Abelenda entre 1915 e 1918, destruiría o edificio por completo levando por diante varias obras do artista coruñés que eran exemplos interesantes das primeiras paisaxes que realizara unha vez rematada a súa formación académica.

Abelenda nunha das súas exposicións (Fundación Barrié)
A Guerra Civil sorpréndeo en Madrid, onde o noso protagonista se atopaba opositando a unha cátedra de profesor de debuxo. Permanecería alí ata 1939, data na que regresa á Coruña. Nos primeiros anos da posguerra Abelenda continuaría participando con éxito en diferentes exposicións (Vigo, 1940; Madrid, 1941; Barcelona, 1942; Oporto, 1942; Bilbao, 1945 etc.) e recibe a terceira medalla na Exposición Nacional de Belas Artes de 1943, polo seu cadro Mañana de octubre desde mi estudio. Nesa época tamén é nomeado académico de número da Academia Provincial de Belas Artes da Coruña (1941) e académico correspondente da Real Academia Galega (1946).

Abelenda falecería repentinamente en 1957 na súa casa de Perillo (Oleiros). Apegado á paisaxe da súa terra, que ao longo da súa carreira artística interpretou con modos técnicos emparentados co impresionismo e cun sentimento lírico intimista, de raíz literaria, a súa obra móstrase en museos de Europa e América, así como no de Arte Moderna de Madrid e nos da súa amada terra galega.

 FONTES:

-FUNDACIÓN PEDRO BARRIÉ DE LA MAZA. Manuel Abelenda. "Catalogación Arqueólogica y Artística de Galicia" del Museo de Pontevedra. Comisario: Adolfo de Abel Vilela. Maio-Xullo 1998.
-MACEIRAS RODRÍGUEZ, XABIER. Antoloxía das Confidencias de Picadillo. Autoedición, 2018.  

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